martes, 24 de agosto de 2010

Ensoñación

El niño abrió los ojos y pudo ver el claro azul del cielo sobre sí. Debía de haberse quedado dormido. Mientras la hierba le hacía cosquillas animada con las leves caricias del viento, intentó descifrar sus blancos símbolos.

En la cúspide de una gran superficie blanca, una figura similar a la suya, parecía moverse, dar saltos, correr y alzar sus cortos brazos con el fin de alcanzar algo que no conseguía llegar a ver.
No comprendía la obsesión de los poetas y filósofos por definir la felicidad: él la sentía en ese momento y no quería expresarlo en palabras vanas y fugaces, sino disfrutarla y guardarla en su interior, darle el valor de intimidad que le correspondía.

Siguió observando. La figura se llevaba los brazos a la cintura. No comprendía por qué sus esfuerzos no daban frutos, donde podía residir el error. El niño se sonrió, ¡cómo comprendía esa impotencia! Siempre pasajera pues cuando se le metía una cosa en la cabeza…

Justo en ese instante, como si la figura hubiese escuchado su pensamiento, retrocedió y, una vez más, cogió carrerilla para tomar impulso y apresar su objetivo….El niño se alzó de su reposo. Su pequeño cuerpo temblaba mientras veía como la menuda figura se precipitaba desde su cúspide hacia el vacío y se desfragmentaba inevitablemente en su caída. Pudo oír el grito sordo de aquél niño, de un niño cuyo deseo venció a la prudencia y la ironía del destino lo castigó con la perpetua repetición de su desgracia.

La felicidad murió y unos ojos se abrieron de nuevo….
Emaleth

miércoles, 26 de mayo de 2010

Por qué

El hombre no es más que una mota de polvo en el conjunto del universo. Sabe de su existencia y de su individualidad en la coexistencia con sus otros semejantes. De esa manera, poco a poco, la mota de polvo llega a ser alguien con identidad propia, en un todo para unos y una nada para otros.

Pasa el tiempo, se suceden las relaciones, los acontecimientos, las confrontaciones… y aquél necio que olvidó la conciencia de su existencia se corona así mismo dueño y hacedor de su entidad. El alter ego supera al yo, eclipsa el nosotros y se adentra en el peligroso camino del solipsismo; nadie lo entiende, nadie lo escucha, se siente un alma aislada, superior al mundo que lo rodea. Sufre y nadie lo ve ni intenta salvarlo de su agonía porque solo está rodeado de egoístas, ególatras e interesados que buscan su meta en la mera satisfacción personal.

Las arenas del reloj vuelven más arduo su viaje con un monólogo que se repite constantemente: son los ecos del silencio. La cabeza no le permite descansar, el entendimiento lo limita y la conciencia castiga su proceder: tan solo es capaz de pensar en el por qué de su situación.

Millones de almas en el mundo siguen su proceder; un planeta superpoblado pero disuelto en individualidades que se transforman en las cadenas esclavas de su ser. La respuesta a su reiterativa pregunta está en el origen de sí mismo pero el hombre ha preferido olvidar, desligarse del nosotros, no escuchar y, sobre todo, no responsabilizarse de las consecuencias de sus actos y actitudes.

La humanidad se desintegra, la anomía social vence y millones de voces mueren en el vacío repitiendo por qué.
Emaleth

miércoles, 27 de enero de 2010

Si pusieramos huevos...

Hoy voy a dejar de lado “lo que más me gusta” que es imaginar y crear historias nuevas con palabras que ya van camino de ser ancianas y quiero hablaros de un tema, en el que sin duda cada uno tenemos una sensibilidad y lo vemos desde una perspectiva. Seré irónico, sarcástico y manejaré la burla para provocar en ti un comentario y una posible discusión, ¿lograré mi objetivo?... allá voy:

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Estoy completamente seguro de que la madre naturaleza se ha equivocado con nosotros.

La evolución, con sus mutaciones, ha ido dotando a los animales de ventajas con respecto al entorno. Clásicos ejemplos como el cuello de la jirafa o las garras del león son sólo una pequeña parte de cambios de los que nacieron nuevas especies de seres vivos con mayores posibilidades de supervivencia. Y es que, como decían en Jurasic Park, “la vida se abre camino”.
Unas de las mejoras más importantes en el sistema de reproducción fue la aparición de los mamíferos. De la puesta de huevos, donde el vástago quedaba expuesto a los agentes externos, incluso durante la gestación, se dio el gran salto al mamífero. La fecundación y la gestación se producía en uno de los lugares más seguros del mundo para el animal que estaba a punto de ver la luz: el seno materno.

Pero la ingenua madre naturaleza, que después nos dotó de dedos prensiles y de inteligencia, no se dio cuenta de que el ser humano no debería haber sido mamífero... nunca pensó que el peligro para la criatura en formación pudiera estar en sus propios padres.

Pensemos cómo cambiaría nuestra perspectiva sobre el aborto si pusiéramos huevos:

¿Cuánta gente que aborta sería capaz de lanzar el huevo que acaba de poner contra un muro?
Si les dijeran a las madres de un embarazo inesperado que no van a tener que “cargar” con el bebe durante 9 meses en su seno... ¿sería más fácil donar en adopción al huevo?
¿Los científicos considerarían ser vivo al huevo fecundado o cuando hace eclosión?
¿Los hombres seríamos más conscientes de nuestra responsabilidad de padres al cuidar al huevo a medias con la madre hasta que nazca el pollo?

Yo estoy convencido de una terrible verdad: habría muchos menos abortos si pusiéramos huevos.

Lo primero, por una cuestión de perspectiva: el ver al huevo como algo independiente nos haría pensar en él como algo vivo con mucha más facilidad que al cigoto.
Lo segundo, por una cuestión de comodidad: yo creo que cuando se habla de que el tener un bebe va a destrozar la vida de una muchacha se piensa mucho en su imagen durante los 9 meses de embarazo, de lo que pensará la gente del entorno, de lo que significa perder casi un año de su vida. El poner un huevo es rápido, da menos que hablar y requiere menos esfuerzo para librarse de él (en caso de querer hacerlo).

Incluso se replantearía el tema de los huevos fecundados fruto de una relación casual o incluso provenientes de un delito de violación. El huevo va a portar a un ser vivo fruto de una equivocación o de una monstruosidad... ¿pero el huevo tiene la culpa de ello? Yo soy de la idea de que todo huevo debería ser fecundado desde el amor y por amor (llamadme romántico) pero eso no quiere decir, en ningún caso, que no haya que dar la oportunidad de vivir a otros huevos fecundados en otras circunstancias. El huevo está fecundado a causa de un error, pero no tiene por qué pagar nada por ese error... y el decir que es por su bien, que es mejor hacer con él una tortilla antes de que viva en un clima complicado me parece una monstruosidad disfrazada de oveja, que son mucho peores que los monstruos que no engañan y parecen lo que son.

Conclusión: La naturaleza se equivocó. En más de 40 millones de casos cada año en el mundo, el seno materno no es el lugar más seguro del planeta.

Si pusiéramos huevos, otro gallo cantaría...¿o no?.

Emilio

martes, 26 de enero de 2010

Richard IV

Dos alemanes guardaban la entrada de la sala mientras otros dos los apuntaban con sus MP40m reglamentarias. En ese instante, entraron el oficial encargado del “Labor” seguido de dos de sus colaboradores. Empezaba el ritual. Seis eran los tanques sometidos a inspección. Era un número menor que otras veces, pero el número de muertes era cada vez mayor y los que quedaban con vida a penas se sostenían de pie. Pronto traerían nuevos cautivos.

Tras una serie de instrucciones, los colaboradores repartieron las tareas a los presentes, las de todos menos las suyas: una alarma sonó en su cabeza mientras sentía el frío metal en su espalda: había sido descubierto.

Con paso firme, el oficial se acercó observándole detenidamente. La dureza de sus rasgos y la firmeza de su mirada ocultaban hábilmente sus pensamientos. Con un gesto ordenó que le siguiera mientras seguía sintiendo al portador de la muerte en la piel.

No lo podía creer, se dirigía directamente hacia el Panzer en el que había puesto todas sus esperanzas. Parecía que iba a tener suerte después de todo.

Mientras se sonreía por dentro de su buena suerte, el oficial se introdujo en las entrañas del tanque y él fue obligado a seguirle. Ya no creía tanto en la suerte. Se había roto el protocolo: un oficial jamás acompañaba a un inferior en las pruebas de maquinaria. La sospecha de que le habían descubierto resonaba aún más fuerte en su cabeza.

Se sentó en la cabina de mandos y, cuando escuchó el cierre de la compuerta sobre su cabeza, saltó sobre el oficial contando con su fuerza como única arma. La sorpresa le hizo tener ventaja pero la mala alimentación pronto le hizo flaquear antes las continuas acometidas del alemán. Acorralado en una de las paredes intentaba parar los sucesivos golpes pero no sabía cuánto más podría aguantar. Reuniendo las últimas fuerzas que le quedaban, se lanzó contra él para tratar de tirarlo al suelo. El impulso los derribó a ambos. Empezó a sentir calor: la sangre empapaba su ropa. No podía respirar. Se esforzó por abrir los ojos para mirar de frente a su asesino y allí estaba: unos ojos que le miraban fijamente, unos ojos que adolecían de la falta de vida. No era su sangre. El oficial, en la caída, había atravesado una de las palancas de cambio. La suerte una vez más parecía estar de su parte, pero no podía confiar siempre en ella. Se levantó con pesadez, su no tan lejana fortaleza se había esfumado, y apartó el cadáver de las palancas, las necesitaba.

Un ruido rompió el hilo de sus pensamientos: había olvidado cerrar la trampilla por dentro. Pudo ver como empezaba a levantarse mientras un arma asomaba por la abertura. Desesperado, cogió el arma del oficial para lanzarse contra la trampilla y descargar su carga sobre la cara del soldado. Apartándolo, selló la compuerta mientras escuchaba como los soldados apostados en el exterior disparaban contra el tanque. ¡Malditos estúpidos! Puso en marcha el motor en el momento en que sonaba la alarma. La situación se estaba descontrolando. ¡No dudes y hazlo! se dijo mientras accionaba la palanca para avanzar hacia la salida.

El caos se había apoderado de Terezín: los soldados disparaban en todas las direcciones mientras los judíos trataban de huir de las balas. Los disparos empezaron a provocar el efecto que buscaba: el desprendimiento de unas rocas que difícilmente aguantaban el peso de la montaña. Se abrió camino hasta “Arbeitskräfte” y, en su entrada, disparó hacia uno de los pilares maestros la munición guardada en el cañón. El impacto hizo mella en él pero no consiguió destruirlo. No había munición para un segundo disparo así que, sin pensar, cargó directamente el tanque contra él. El choque lo hizo estremecer en el asiento; seguía siendo insuficiente así que siguió acometiéndola hasta que consiguió desprenderla de su base. Un rugido pareció surgir desde las propias entrañas de la montaña, un rugido que quedó inmediatamente enmudecido por el desprendimiento de innumerables rocas. Ya solo restaba de hacer una cosa: huir.
Tan rápido como le fue posible, salió del tanque confundiéndose entre los demás tratando de recordar el mapa que tenía en su mente para hallar la salida de ese laberinto. En su camino, consiguió que varios cientos le siguieran: se sentían confundidos y perdidos tras la dura represión nazi por lo que le era muy fácil convencerlos. Los alemanes se habían sumado a la huída abandonando sus armas, sus rangos, su pretendida supremacía por el más puro de los instintos humanos: la supervivencia. Por fin la luz les cegó provocando distintas manifestaciones entre esos hombres que habían perdido la libertad pero no la fe en su dios. No podía describir lo que él mismo sentía, demasiados sentimientos encontrados, demasiada tensión acumulada, demasiado cansancio en su mente y cuerpo demasiado….Silencio.

El despertar se le asemejaba a nacer de nuevo cuando puedo abrir los ojos y comprobar que se hallaba seguro en la habitación de un hospital. No sabía cómo había llegado allí ni lograba recordar qué había ocurrido tras cruzar la luz. Solo sabía que tras ella vino la oscuridad y el sufrimiento de las últimas semanas se transformó en una calma que llenó de dicha su alma. Quería sentirla de nuevo. Cerró los ojos y se rindió al sueño.

Todavía tardaría en saber que tras su desmayo, cientos de judíos junto a él mismo fueron rescatados por los países aliados quienes habían confiado plenamente en el éxito de su misión. Desde su partida habían vigilado día tras día el enclave llamado Richard aguardando pacientemente a la evacuación del lugar y a la destrucción total del mismo. La guerra seguía pero el final de los nazis se había anunciado con la caída de su imperio logístico y armamentístico. Solo quedaba esperar…
Vanesa
Gracias a ti, Christian, que me diste la idea y me animaste día a día a escribirla...

lunes, 28 de diciembre de 2009

Richard (Parte III)

Mientras caminaba con la cabeza baja junto a otros que vestían similares harapos rallados, iba memorizando los pasos y cada una de las direcciones tomadas en aquellos laberintos kilométricos. No podía distraerse: del éxito de esta misión tal vez dependiera el final de la guerra.

Entrar como un judío más le había resultado más fácil de lo que esperaba en un primer momento. Un pasaporte con nombre y origen falso, una buena cantidad de dinero en el bolsillo y un oportuno viaje a una ciudad conflictiva fueron los únicos elementos necesarios para ser arrestado. La dificultad vino después: había que conseguir que le designaran a Richard y, el más difícil todavía, obtener un puesto dentro del Salón de las Columnas.

Se habían barajado posibles formas de entrada cuyo grado de peligrosidad crecía con el desconocimiento de la zona y la forma de proceder alemana para la designación de prisioneros. Los contactos infiltrados en el bando enemigo jugaron un papel crucial para solventarlo. Se recurrió a un administrativo destinado en las oficinas de las SS que se ocupaba de expedientes de diversa índole, más concretamente, de la ubicación y defunciones de los judíos clasificados en los campos de concentración. En una operación arriesgada consiguió infiltrar su expediente en una partida hacia Theresienstadt incluyendo información relativa a conocimientos de mecánica y electrónica. Los detalles eran esenciales para el destino de los prisioneros porque de sus capacidades dependía atrasar un destino común: la muerte.

La duda era cómo alcanzar Richard desde Terezin: todo dependía de la suerte y de los méritos que allí consiguiese ante los ojos alemanes.

Los primeros días, hacinado entre hombres famélicos, maltratados, perdidos en la desesperación, el propósito de la misión se difuminaba entre los horrores que veía, el trato que recibía y la impotencia que sentía. La realidad se desvanecía con las pesadillas llegando a momentos en los que desconocía si estaba dormido o despierto. La vida allí consistía en dominar y hacer persistir la fuerza de voluntad. Cada minuto de cada hora de cada día estaba controlado por un horario estricto de trabajo que no sabía de pausas para el descanso y la comida. “Arbeit macht frei” (El trabajo os hace libre) eran las únicas palabras que salían de las bocas alemanas mientras mantenían las manos ocupadas en hacer respetar y temer sus leyes.

No podía reconocer el lugar donde apenas había estado hacia un mes.

La sección a la que pertenecía se dedicaba a la fabricación de balas. Cada día, muchos de los que allí trabajaban, morían en su intento de sabotearlas. Era fácil destacar con una buena realización del cometido asignado y una conducta basada en la obediencia sumisa. De esta manera, el sistema eléctrico de los barracones sustituyó a la fabricación de balas; la mecánica al sistema eléctrico y el armamento sofisticado a la mecánica: ya estaba en Richard.

El Salón de las Columnas existía y coincidía con lo descrito en el diario del judío; solo la estructura del mismo no coincidía: no era realmente una sala sino tres unidas por grandes accesos y mantenidas por enormes columnas de hormigón que empezaban a hundir un suelo de piedra que adolecía el peso de la montaña. Cada una de ellas tenía una función muy determinada y estaba ligada de forma muy estrecha al resto.

La primera era conocida como “Arbeitskräfte” (Mano de obra). Se componía de un grupo de judíos que fabricaban armas sofisticadas mediante la asistencia de técnicos alemanes especializados en la materia.

La segunda sala recibía el nombre de “Schreken” (El Terror) debido al terror que causaba en todos aquellos la visión de los temibles tanques Panzers. La visión de estos monstruos dormidos en numerosas filas helaban la sangre de cualquier soldado experto: eran el poder más efectivo y mortal del movimiento nazi.

En último lugar, en un espacio con el único acceso desde “Schreken”, estaba ubicado un avanzado laboratorio donde especialistas alemanes comprobaban la calidad de las armas elaboradas en las salas anteriores y otros tanto confeccionaban proyectos nuevos armamentísticos. Era el “Labor”.
El destino le ligaba a la segunda sala y sería en ella donde tendría que empezar a cavilar un plan rápido para la destrucción de toda aquella pesadilla con los pocos recursos de los que disponía. Responder al cómo hacerlo era el nuevo objetivo.

Una mañana, o noche, no era capaz de distinguir una de la otra, despertó habituado a los gritos y patadas de los alemanes. No era una mañana más. Durante cuatro semanas había estado guardando cuidadosamente cada tornillo, arandela, clavija o elemento pequeño con el que tropezaba. Había llegado el momento de actuar.

Los diferentes trabajos se hacían en turnos debido al peso desmesurado de alguna de las piezas. A aquellos que tenían conocimientos de mecánica se les añadía uno más consistente en la comprobación del trabajo de ensamblaje realizado por el resto al final del día. En aquellos instantes el número era reducido y la guardia de los soldados alemanes baja por sus ansias de llegar al comedor para comer, beber y fanfarronear entre ellos. Es así como descubrió un hueco natural entre las rocas de la pared, un hueco que pasó a ser llenado con unas esperanzas metálicas. No sabía si lo ideado sería suficiente pero no tenía otra alternativa. No tenía nada ni nadie a quien recurrir en esos instantes.

Durante las muchas horas de revisión de esas ingentes máquinas había tratado de hallar algún punto débil tanto en su interior como en su flanco externo. No tenía ninguno: técnicamente eran perfectas. Debía centrarse en un único punto: el cañón de 75mm que coronaba la gran carcasa de acero.Los tanques, razonablemente, no eran sometidos a prueba de fuego a semejante profundidad pero sí se comprobaban los mecanismos de disparo para asegurar su correcto funcionamiento. Pero ese día sí tendrían munición…

Durante el último turno, la noche anterior, había cargado cada tanque con las piezas recogidas para asegurar la misión: no sabía cuál de ellos le tocaría. Aún así, se había centrado especialmente en uno: el destinado a proteger a los altos representantes de las SS, el único que contendría gasolina en el depósito.

Las horas pasan lentamente cuando los nervios y la adrenalina contenida están a flor de piel. Sentía cada vena palpitando al ritmo de un corazón desbocado que luchaba por no perder el control. Respiró profundamente con el fin de calmarlo mientras formaba fila con sus compañeros: el momento que tanto ansiaba y temía ya había llegado.
(Continuará)
Vanesa

domingo, 29 de noviembre de 2009

Richard (Parte II)

En principio, el desorden de las numerosas hojas, la escritura inversa y las distintas abreviaturas sugiere un pensamiento caótico fruto de una mente afectada por el caos de los tiempos presentes. Sin embargo, un exhaustivo trabajo del departamento de inteligencia ha revelado el corazón del poder nazi hábilmente escondido para aquellos que solo buscamos su destrucción.

Hasta ahora, considerábamos Terezin como el asentamiento clave en el traslado de judíos a Austchwitz. No andábamos equivocados del todo, pero sí lo hacíamos en los cálculos relativos a la cantidad que se enviaban puesto que era menor. La mayoría de ellos son designados como fuerza de mano de obra para un proyecto más importante: la construcción de los temibles tanques Panzers y la fabricación de armas de combate mejoradas.

Por sus rostros puedo apreciar la incredulidad que sienten al escuchar mis palabras. En un principio tampoco yo lograba creerlo. Es cierto que la magnitud de sus tanques hace casi imposible ocultar la ubicación de su fabricación y que, a raíz del uso del radar hemos delimitado notablemente sus movimientos pero, aún así, les recuerdo que éste utensilio aún es bastante rudimentario por lo que hay zonas que se escapan a nuestro control, sobre todo, si se encuentra bajo tierra.

Contrastando los datos que teníamos y los del diario podemos establecer la historia y situación de lo que los alemanes denominan con el nombre en clave Richard.

La ocupación nazi de la República Checa data del 1939. La elección de este territorio no fue aleatoria al igual que la distribución de distintos campos de concentración a cuya cabeza se encuentra ya el mencionado Terezin establecido en 1941. Gracias a uno de los mapas del diario y con la ayuda de un profesor de historia de esta región que pudo escapar de la represión nazi, encontramos un lugar muy cerca de Theresienstadt, aproximadamente una hora al norte de Praga, que alberga unas antiguas canteras abandonadas. Éstas quedaron en el olvido por los años en los que estalló la 1ª Guerra Mundial: el miedo, el hambre y el agotamiento de sus recursos provocaron su cierre.

Los alemanes descubrieron la potencialidad de esta mina subterránea aunque desconocemos si existen en la actualidad mapas de la época de su mayor auge y si ellos poseían alguno. La única referencia que hemos podido encontrar de ella son las descripciones y los precisos dibujos realizados por el prisionero de Terezín.

Richard, hoy por hoy, es una industria bélica refugiada bajo tierra. Se estima, que su profundidad puede alcanzar unos 60 km y su distancia unos 32 km de túneles distribuidos en cerca de 320 habitaciones, cámaras y corredores. Es aquí donde son conducidos los prisioneros judíos quienes, con sus manos, han hecho posible la transformación de meros túneles en grandes salas perfectamente habilitadas para sus propósitos.

El cómo llegó esta información a manos de este cautivo es un misterio en el cuál no podemos detenernos y, precisamente lo es porque relata de una manera muy concreta cómo aquellos judíos que entran no vuelven a salir más que para dirigirse a un crematorio instalado en una fábrica de ladrillos cercana a su ubicación y controlado por los nazis de Terezin. Sé que es arriesgado confiar en una información desconociendo su origen pero no tenemos alternativa. Diversos especialistas barajan la posibilidad de que fuera uno de los encargados de quemar a sus compatriotas y que, mediante diferentes testimonios recibiese la información. No olviden que los judíos que no pueden seguir trabajando son cadáveres para los nazis y se estima que un alto porcentaje de personas aún con vida fueron mandadas incinerar. Lo que nos induce a seguir esta línea de pensamiento es el cuidadoso recuento de cadáveres anotados en una de las páginas. En un período de seis meses podemos leer la escalofriante cifra de 579 personas. Una perfecta representación de la crueldad hitleriana.

Retomando el objetivo bélico nazi de Richard, podemos hablar de una sala en concreto que se convierte, necesariamente, en nuestro propio objetivo: el desmantelamiento y destrucción del llamado Salón de las columnas. En este punto, la información es un tanto vaga. Creemos que es debido a que los prisioneros no tenían acceso, en tal caso ocasional, en esta zona. Algunos datos, como la descripción de indumentaria, revelan la concentración de personalidades de las SS y el continuo trasiego de científicos expertos. Cabe pensar que en este Salón de las columnas se concentra la distribución logística de las armas en los diferentes frentes y el examen de las armas fabricadas como control de calidad para la admisión o desecho de las mismas.

El resto de la información contenida en el diario ha sido descartada por su vaguedad y su inexactitud aunque es importante tenerla presente y recordarla para ser conscientes de la urgencia con la que hemos de actuar. Se habla de Richard como la caja fuerte donde Hitler guarda todos los tesoros robados a los países europeos y, lo que es más preocupante, el lugar que alberga el secreto de un proyecto consistente en la fabricación de un arma apodada “apocalíptica hitleriana”.

Hasta aquí me he limitado a proporcionarles todos los datos de los que disponemos. Ahora, les invito a estudiar el contenido de las carpetas que les han sido entregadas al principio de esta reunión, donde encontrarán las medidas que se han trazado para la destrucción de Richard y de cuya aprobación de los presentes dependerá su puesta en acción inmediata.

Ahora si me disculpan, me retiraré para que empiecen con sus deliberaciones…
(Continuará)
Vanesa

miércoles, 28 de octubre de 2009

Richard

-Bienvenidos caballeros a esta reunión, aunque lamento comunicarles que las noticias que aguardábamos no son nada esperanzadoras para el término de la guerra que tanto ansiamos. Perdonen mi atrevimiento, pero me he permitido la licencia de invitar al valioso soldado que arriesgó su vida por traer la información de la que hoy disponemos y que es motivo de la comparecencia de los presentes. Les presento al sargento Brown quién les expondrá la situación presente en el bando enemigo, la posible estrategia a seguir y contestará gustoso a sus preguntas. Cuando quiera, sargento Brown…

-Gracias. Como saben, hace quince días la Cruz Roja envió una comitiva de inspección a un lugar situado a 61 Km del noroeste de Praga, instada por los países aliados ante la sospecha de la existencia de un campo de concentración. Mi misión consistía en acompañarles, junto a otros soldados, para asegurar su protección en suelo enemigo.
A nuestra llegada a Theresienstadt, los soldados alemanes nos aguardaban mostrando la mejor de sus sonrisas tratando aparentar una tranquilidad que contrastaba con el miedo de los que allí habitaban.
La primera parte de la visita consistía en mostrar la infraestructura con la que contaba la población. Había escuelas, parques, comedores, un hospital….todos aquellos elementos básicos para el bienestar de una persona y que, en mi opinión, denotaban la prisa con la que habían sido construidos. En todo momento nos vimos rodeados por múltiples soldados que impedían salirnos de la ruta prefijada mientras un oficial nos explicaba detalladamente el por qué de ese lugar. Para no alargarme, resumiré sus palabras: Terezin era un asentamiento formado por dos fortalezas de distinto tamaño cuyo cometido era la de proteger a un grupo de más de 150.000 judíos notables y desmitificar las habladurías que afirmaban que solo era una estación de paso para la deportación a Auschwitz.
Para los inexpertos ojos de los componentes de la ayuda humanitaria, el lugar cumplía con todos los preceptos establecidos. A esta tranquilidad se le suma la segunda parte de la visita consistente en el trato directo con unos refugiados determinados quienes les confortaron con unas cuantas respuestas monosilábicas y mecánicas.
Los elegidos vestían unas ropas modestas pero limpias y, aunque se les veía delgados, mostraban un tono saludable en sus caras. Esto parece sugerir su oportuna recién llegada a la comunidad. Las breves contestaciones eran seguidas por un rápido vistazo a los soldados temiendo no interpretar correctamente su papel.
Fue en el transcurso de esa interpretación cuando observé a un hombre mayor sentado en uno de los extremos de la sala. Su mirada no se apartaba de la mía y, aunque revelaba cansancio, no daba muestras de temor ni fragilidad. Entonces comprendí que había aceptado su muerte pero no la de su pueblo. Él también pareció saber que yo lo había entendido porque en ese momento se levantó y corrió hacia mí.
La sorpresa y conmoción del momento hizo dudar a los soldados pero yo tenía claro qué debía hacer. Rompí la fila en la que nos hallábamos confinados y me dirigí lo más rápido posible hacia él. Entonces, fue cuando escuché el disparo y su cuerpo cayó entre mis brazos. Una última vez nuestras miradas se cruzaron y sentí como algo se deslizaba en el interior de la chaqueta. Sin pensar, lo abracé para tratar de meter aquello en el bolsillo de manera disimulada pero el paquete de tabaco que había guardado allí tan solo hacía unos minutos, me lo impedía.
Los nervios se apoderaron de mi mente, los pasos de los soldados resonaban en mis oídos junto a gritos y lamentos…Si no reaccionaba, no habría allí nadie que llorase por mí. Con un movimiento seco rompí el interior de mi camisa, a la altura de la axila, y dejé caer el pequeño paquete. En ese momento dos soldados alemanes me alzaron preguntando si estaba herido pero yo solo podía pensar en qué explicación podría dar para justificar mi acto desesperado y poder salvar lo que el viejo judío me había legado con su muerte, con su sacrificio.
El resultado de la visita es conocido por todos los presentes. Theresienstadt pasó la inspección y, en ningún instante, se dio a conocer este suceso. El soldado alemán que realizó el disparo fue castigado de manera leve. Declaró que el judío fallecido había padecido desde el principio de su ingreso brotes psicóticos que creían ya remitidos, de ahí su presencia en la sala, pero su reacción inesperada lo hizo temer por mi vida y la de los presentes. La declaración del soldado fue apoyada por un informe presentado por el médico que dirigía el pequeño hospital allí ubicado. Por mi parte, el máximo representante de la Cruz Roja allí presente respondió algo semejante: ante el desconocimiento de lo que pretendía aquél hombre, me dirigí hacia él para cumplir con el cometido para el que estaba asignado: la protección del grupo. No hubo más preguntas ni más referencias a este acontecimiento.
El pequeño paquete rescatado resultó ser un diario muy útil pues en él hay información detallada y descripciones precisas de lo que realmente es Terezín y de los secretos que oculta en su interior… (Continuará)
Vanesa