martes, 3 de junio de 2008

Madrugada vallisoletana

Te levantarás un día muy temprano y te preguntarás, mientras buscas las zapatillas con los pies desnudos y helados despotricando contra este afilado invierno castellano, por qué no te has ido a vivir con tus amigos los aventureros a los mares del sur, donde seguro que se está bien calentito por dentro y por fuera, por el sol y por los (o las) que están debajo de él.

Te sentarás como quien reza a Dios, mirada perdida y gesto concentrado, ante el tazón de algo parecido a cereales y permanecerás así al menos 20 minutos intentando retornar a ese sueño resbaladizo que se niega a abandonar las sábanas y seguirte en esta mañana noctámbula.

Te buscarás a ti mismo en el espejo del aseo. Ése que te es tan familiar, con lamparones de dentífrico semejantes a los formados por el fango en las pocilgas, arte posmoderno que siempre te olvidas de limpiar. Te encontrarás justo el instante previo a ahogarte en el agua estancada de tu áspera cerámica, en un intento frustrado de olvidar que aún ves las estrellas y que el tiempo apremia en la ciudad.

Te deslizarás entre las baldosas de tu cuarto, seguirás la rutina (calzoncillos, calcetines, pantalones y camisa), recogerás tu portátil con un brazo, el otro compartido por el abrigo y las llaves, la correa de tu reloj de imitación se resiste a seguir las indicaciones de tus dientes.

Cuando el primer vecino sale al descansillo y ve la ventana abierta, entiende de inmediato por qué hace tanto frío, entonces la cierra y escribe la queja al presidente “conductas como ésta son las que suponen un gasto extra de calefacción, una reunión extraordinaria y una derrama estratosférica. Ya es hora de que la señora de la limpieza se preocupe de cerrar las ventanas tras los suicidas”.
Vicky

2 comentarios:

Emilio José dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ENDER dijo...

La última frase me parece una genialidad. Expone el egoismo humano en toda su esencia.

Es mas facil que nos reunamos por un asunto de dinero que porque hay gente verdaderamente desesperada que no encuentra forma de soportar su vida...

Me encantan estas historias tuyas, Vicky, la maestra de tonos grises :)

¡Gracias por añadir un nuevo punto suspensivo!