lunes, 16 de junio de 2008

Canto a mí mismo

El viejo loco de dientes sudorosos que acosaba al joven Anderson en el mítico Club de los poetas muertos se escribió un poema sobre y para él mismo. Qué importante se sentía. O eso pretendía hacernos creer.

Yo (enfático, poderoso, ficticio) no me siento capaz de dirigirme ni tan siquiera una palabra. Hablo constantemente, sobre otros, sobre lo externo, sobre lo que me sucede o me gustaría que me ocurriera, lo que sueño, lo que temo, pero no me sé cantar. Si pudiera ponerme música sería entonces hiriente, se posaría en mi cerebro e invadiría mis sueños, mi razón se haría añicos y mi emoción sangraría en su lugar. No, no sé ni quiero cantarme a mí mismo

Así que te canto a ti. Es más fácil. Más cómodo. Más fructífero. Si le canto a un tú que me escuchas y desafino, sólo te duele a ti porque yo tapono mis oídos, corro la cortina y me convierto en las manos que hacen sombras chinescas, y en la voz de las carteleras del cine mudo. Mi refugio es tu conciencia, mi seguro tu desconcierto.

Por supuesto, también queda él. No obstante, la tercera persona adquiere tantas formas vivas e inhumanas que ni me libera de mi responsabilidad ni te permite desatender tu participación en nuestro texto. Un triángulo no es un armónico aunque así lo vendan. Las verdaderas tensiones se producen entre dos contrarios, versus uno contra el otro, hacia uno o hacia el otro.

Soy un timador que con palabras mudas te está robando la voz.
Vicky

2 comentarios:

Emaleth dijo...

Muchas gracias por tus aportaciones, me gusta saber que compartes la ilusión que hemos puesto en este blog. Juntos haremos que esta pequeña idea se convierta en algo grande.

Diego dijo...

Siempre es más fácil dirigir las cosas hacia un tú o un él cuando dirigirlas hacia nosotros nos provoca desconcierto. Ese desconcierto es ¿falta de confianza en nosotros mismos? o ¿miedo por no cumplir con las elevadas exigencias que tenemos sobre nosotros mismos?